jueves, 15 de diciembre de 2011

La Plata: Guillermo Salas y sus colegas: violencia y corrupción policial


Este artículo forma parte de la serie de relatos acerca de la vida delictiva de Guillermo Salas y sus colegas. La serie conforma a su vez un capítulo, que es el de aquellos hechos que en algún momento tomaron estado público. Del 2001 a la fecha, Guillermo Salas desempeña funciones en la Comisaría 1° de La Plata como Jefe de Calle. Desde entonces ha pasado a formar parte de toda historia de violencia y corrupción policial contada por jóvenes que trabajan o viven en la calle, o que siquiera se acercan de los barrios periféricos al centro.


Víctor Emanuel Gandia recorrió Latinoamérica al compás que trabajaba haciendo malabares, vendiendo macramé, cuidando y limpiando autos. Sin embargo, sostiene que en ningún lugar recibió el trato que tuvo en La Plata por parte de la Comisaría 1°. Junto a otros chicos que vivían en la calle fue hostigado por Salas, quien buscaba que robaran para la Comisaría. El rechazo a delinquir llevó al joven a sufrir fuertes hostigamientos por parte de la policía. Pocas semanas después, sin avance alguno en la causa, debería irse de la ciudad a raíz de las amenazas.

Cuando Emanuel Gandia, de 23 años, llegó a La Plata a principios de 2010, no esperaba encontrarse con una contradicción tal como estar enamorado de una ciudad donde no podía quedarse. Acostumbrado a vivir del arte callejero, tuvo que improvisar cuando los malabares no dieron resultado y debió empezar a limpiar autos. Durante aquellos días conocería chicos de entre 10 y 15 años que vivían en la calle como él, y con quienes dormiría en la explanada del Teatro Argentino, ubicado exactamente enfrente de la Comisaría 1°.

En la mañana del 27 de junio de 2010, Gandia descansaba en un banco de la Plaza San Martín cuando dos policías se acercaron a él. Uno de ellos se encontraba uniformado y lo reconocería como el jefe de calle de la Comisaría 1°, desconociendo que se llamaba Guillermo Salas, pero realizando una descripción que permitió la rápida identificación: “alto, morrudo, morocho, pelo corto y canoso, con orejas muy marcadas y oscuras”. El otro policía que se acercaba a él, estaba de civil pero reconoció haberlo visto antes con el uniforme y lo describió de la siguiente manera: “estatura media (1,68ms), trigueño, se peina para el costado y tiene aproximadamente 40 o 45 años”.

Según relató el joven, los oficiales lo increparon diciéndole “a ver flaco, que acá no se puede dormir la concha de tu madre”, y continuaron con agresiones verbales amenazándolo con “que se marchara del lugar, que no circulara más por la Plaza San Martín, que la iba a pasar mal”. Gandia llegó a pedirles que lo trataran con respeto antes de que el hombre de civil le pegara una cachetada. El intento de reacción al golpe fue en vano, cuando al ponerse de pie, Salas le dio una piña en la cara que lo tiró al piso. Según consta en la denuncia, fueron alrededor de cinco o diez minutos que estuvo en el suelo recibiendo patadas y puñetazos en la espalda, la cara y el pecho. Al notar que su ojo sangraba se intento proteger acurrucándose hasta que los oficiales se fueran y lo abandonaran ahí.

No era la primera vez que el joven veía a esos oficiales. En marzo, abril y mayo los conocería cuando dormía en el Teatro Argentino. Según relató al momento de realizar la denuncia, estos policías los amenazaban “todas las mañanas cerca de las siete, de forma violenta con que los iban a prender fuego, pegándoles patadas, diciéndoles que si no iban a robar para ellos les iban a ‘armar una causa’ y a meter presos”. Una de las frases que pudo recordar con exactitud interrogaba “¿y, nos consiguieron algo ayer, robaron algo para nosotros?. Según precisaría luego Gandia, era usual que los oficiales se llevaran detenidos a los chicos o los golpearan allí mismo.

El joven recordó que “otros 5, 6 policías que acompañaban la recorrida mientras tanto observaban, deambulaban por el lugar, pero no tenían la actitud agresiva de estos dos oficiales, que se percibía que ejercían un poder de mando sobre los otros”. Uno de los que ejercía el mando, pudo saber meses después, se llamaba Guillermo Salas.

Tras la agresión de junio, Gandia se dirigió a la casa de una amiga quien al día siguiente lo llevaría al Hospital Rossi. Tras contarle al médico oftalmólogo lo que le había sucedido, este la manifestó que no podía atenderlo ya que su situación no era grave y no tenía insumos, e incluso sugiriéndole que regrese cuando la cara se le haya deshinchado. Un enfermero que se encontraba allí y escuchó el relato, le explicaría luego que “el doctor que lo había atendido, de una u otra forma, trabajaba para y con la policía”. El mismo enfermero se encargaría de atenderlo y brindarle los medicamentos que el joven precisaba. Debería dirigirse al Hospital San Juan de Dios para obtener un certificado donde se constatara los golpes recibidos.

A los pocos días el joven se comunicó con el Comité Contra la Tortura (CCT ) de la Comisión Provincial por la Memoria, que el 1 de julio radicó la denuncia por “Torturas y malos tratos y/o instigación a cometer delitos”. Al día siguiente, la noticia se difundió a través de los medios locales, produciendo la inmediata reacción de la Comisaría 1°. Desde un primer momento, el Comisario Marcelo Tidoni, titular de la dependencia, intentó adjudicar la investigación de los hechos a sus propios hombres, iniciando una causa paralela bajo la carátula de “averiguación de ilícito”. “Procurar establecer la identidad de la persona que se refiere los matutinos como víctima de las agresiones físicas a fin de recibirle debida declaración” fue la diligencia encomendada. Al mismo tiempo, pretendía tomar declaración a los oficiales que se encontraban abocados a la zona de la Plaza San Martín aquel 27 de junio, y enviaba al Subcomisario Marcelo Cifuentes a recorrer la sede judicial con el fin de averiguar si había una causa en curso.

La Auditoría General de Asuntos Internos solicitó a la Fiscalía, al día siguiente de radicada la denuncia, una copia de la misma. Ese mismo día, exigiría a la Comisaría 1° fotocopias del libro de guardia correspondiente a los días 26,27 y 28 e información acerca del personal afectado a la zona de la Plaza San Martín. La respuesta de la policía fue que, en el momento de la golpiza, únicamente se hallaban en esa cuadrícula Marcos Formigo y Juan Vendito en el patrullero 38250. Sin embargo, aquel día, Guillermo Salas se encontraba de servicio. Lo que no resultaba coherente con el relato del comisario, era que según el libro de guardia el móvil 38250 llega a la Comisaría a las dos y media de la noche, registrándose la próxima salida recién a las cuatro de la tarde.

La Comisaría 1° siguió llevando a cabo actuaciones, y la fiscalía dejo que así sea. La policía fue quien solicitó al Hospital Rossi y al Hospital San Juan de Dios que informe si allí había sido atendido Gandia. Sin embargo, la diligencia fue mal realizada, pidiendo informes por Candia en vez de Gandia y entre las fechas 9 o 10 de junio, en vez de 27 de junio a 3 de julio. Esto produjo que la respuesta se demorase más de 3 meses en el caso del Hospital San Juan de Dios, quien negó que el joven haya sido atendido allí, a pesar de que el CCT, al momento de radicar la denuncia, presentó el informe médico realizado en la guardia del Hospital San Juan de Dios con fecha 2 de julio. El Hospital Rossi nunca respondió al informe solicitado con el adecuado apellido y las fechas correspondientes.

Mientras Asuntos Internos solicitaba las copias del libro de guardia y la Comisaría 1° pedía informes a los hospitales, la actividad de la Fiscalía N° 5 a cargo de Leyla Aguilar se redujo a citar a declarar a Gandia a las dos semanas de realizada la denuncia. Al no tener conocimiento de que el nombre del oficial en cuestión era Guillermo Salas, el CCT aportó fotos donde el joven había reconocido al jefe de calle. Sin embargo, la fiscalía no tomó ninguna medida que buscara esclarecer la identidad de los agresores. No era la primera vez que la fiscal Leyla Aguilar actuaba de este modo al momento de investigar a los uniformados. En 2008 fue apartada de la causa que investigaba la muerte de Daniel Mignone en la Comisaría 9°. La decisión fue tomada por la justicia luego de tres años de dilataciones, en los que llegó a decirle a los familiares " Nunca voy a llegar a los autores materiales "

En su nueva declaración, el joven indicó que personal de la comisaría lo seguía, por lo cual se encontraba refugiado en casas de amigos. Dijo que por aquellos días había sido demorado por oficiales, quienes le pidieron documentos y le preguntaron por qué estaba lastimado y si había estado robando. A esto les respondió que él no robaba y que las heridas se la habían hecho sus colegas, en referencia a la policía, ante lo cual los efectivos se retiraron. El indiscriminado hostigamiento dirigido al joven golpeó a sus amistades cuando oficiales de la Comisaría 1° detuvieron a un amigo suyo que trabajaba en la calle. Según relató Gandia, lo interceptaron “preguntándole si era el pibe que había hecho la denuncia y al responder que no le muestran un gamulán y le inventan una causa por robo y quedó detenido en la primera”. A los días de salir en libertad, le acercaría un mensaje de la comisaría a Gandia: los oficiales le dijeron que si veían a su amigo lo iban a hacer “historia”.

Luego de las amenazas, la fiscalía no sólo no dictó medidas de resguardo para el joven, sino que llegó a ponerlo en una situación de mayor riesgo cuando realizó el llamado a declarar bajo amenaza de utilizar la fuerza pública en caso de que no se presente, es decir, brindándole a la Policía la potestad de detenerlo en plena calle. La causa continuaría durante los siguientes meses agregando fojas donde se citaba una vez más el joven a declarar pero sin búsqueda de los agresores. Ante el desamparo judicial y la persecución policial, a Gandia no le quedó más alternativa que abandonar el territorio del sheriff platense.



Fuente: Indymedia Argentina

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